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Desastre de Pompeya

Todo empezó el 20 de agosto del año 79 d.C. cuando la paz de los campos y
las ciudades que rodeaban al Vesubio fue perturbada por violentos y continuos
temblores que causaron alarma, pues los habitantes aún recordaban el nefasto
terremoto del año 62 d.C., que dejó todas las construcciones por los suelos. En
esta época la ciudad aún estaba siendo reconstruida, el sistema de agua no
funcionaba al 100%, y la ciudad estaba cayendo en una depresión económica. Pero
estos temblores, en una zona siempre sometida a movimientos sísmicos, no
causaron demasiado impacto. Por eso, el día 23 todos volvieron a sus vidas
normales, y comenzaron a reparar los daños que habían causado estos temblores.
Pero la mañana del día 24 fue distinta a las demás: Amaneció con un silencio
casi sobrenatural. Los pájaros no cantaban en las huertas, los perros ladraban y
aullaban sin motivo, los caballos y el ganado se mostraban terriblemente
inquietos. De pronto, un sonido horroroso, como un trueno multiplicado miles de
veces, se dejó oír desde lo más alto del Vesubio, que había estado inactivo por
más de 1000 años. Se elevaron columnas de fuego, y una lluvia de ceniza
volcánica y piedras de todos los tamaños comenzó a caer sobre los habitantes. El
cielo se oscureció por la nube de cenizas y polvo, y entre las personas cundía
el pánico. Cuando los alrededores comenzaron a inundarse de torrentes de agua
hirviente, los pompeyanos comenzaron a correr a sus casas, para intentar huir
con sus pertenencias más valiosas. En Herculano cayó una gran ola
de barro que hizo que sus habitantes arrancaran casi por instinto, sin siquiera
pensar en rescatar algún objeto preciado. En Pompeya las personas perdieron
tiempo tratando de salvar sus posesiones, e incluso había personas que tenían la
esperanza que la catástrofe no destruyera la ciudad. Así, miles de personas
quedaron atrapadas en sus casas, y murieron asfixiadas, o simplemente enterradas
vivas.